Mari Carmen, Paca y Juana tienen algo en común con Valeria y Alicia. A todas las atraviesan el género y la clase social. Unas son las desahuciadas. Otras son sus portavoces, sus voces rabiosas, las que salen a la calle a decir que nadie se queda atrás. Todas luchan por sí mismas y por las demás. Todas se organizan para que la Mari Carmen del futuro no tenga que llamarse Valeria o Alicia, ni Jasmín o Fatna, para volver a librar la misma batalla.
Valeria y Alicia son portavoces del Sindicato de Inquilinas. No hablan desde un despacho ni desde una tribuna. Hablan desde la experiencia de quienes ven cómo la vivienda se convierte en negocio y el techo en una amenaza. Han convertido el miedo en organización y la indignación en lucha colectiva. Porque cuando una mujer defiende su casa, no defiende solo su casa. Defiende el derecho de todas a vivir con dignidad.
Hay un proverbio africano que dice que si las mujeres bajásemos los brazos, el mundo se caería. No es una frase bonita. Es una realidad que vemos cada día. Mientras unos hablan de mérito individual, las mujeres sostienen hogares, los propios y los ajenos, los cuidados, también propios y ajenos, barrios -en Cáceres tenemos a dos hermanas peleonas en Aldea Moret obstinadas en mantener la dignidad de sus viviendas- , economías familiares y comunidades enteras. Y mientras algunos prometen futuro, muchas mujeres siguen peleando por conservar lo más elemental, un techo, un sueldo digno, una vida sin miedo.
Somos las precarias. La nueva clase social tiene rostro de mujer. Tiene el rostro de la madre que encadena dos empleos y aun así no llega a fin de mes. De la cuidadora invisible que sostiene a su familia y a su barrio. De la joven que trabaja, estudia y no puede independizarse. De la mujer mayor a la que un fondo buitre quiere quitar la casa. Pero ese precariado también tiene rostro de lucha. Lo tiene Valeria y Alicia, al frente del Sindicato de Inquilinas. Lo tiene Beatriz, la abogada de Mari Carmen, que convierte el derecho en un escudo frente al desahucio. Lo tiene la chica del autobús, que responde al racismo con sus propios recursos y defiende a otra mujer. “¿Qué más da? Si no sabe hablar español, pues que hable moro. Todos somos iguales. A ti, ¿qué más te da que hable moro?”. No tiene micrófono, ni cargo, ni tribuna. Tiene dignidad. Y la usa para proteger a otra.
Esa respuesta es antirracismo. Es clase. Es hermandad. Es la certeza de que ninguna mujer se queda sola cuando otra la necesita. Porque la desigualdad nunca llega sola. Llega con el racismo, con la precariedad, con la violencia y con el silencio de quienes miran hacia otro lado.
Las periferias lo saben bien. Allí están las Pacas, las Juanitas y las Yaquelines. Mujeres que madrugan, que cuidan, que trabajan, que viajan durante horas y que, además, encuentran fuerzas para organizarse y exigir cambios. No esperan a que alguien les conceda derechos. Los reclaman. Porque saben que la dignidad no se regala, se conquista.
Y ahí está la fuerza de este movimiento. No en las grandes declaraciones, sino en la capacidad de convertir el dolor en organización. En transformar la indignación en redes de apoyo. En entender que la lucha de una es la lucha de todas. Cuando una mujer defiende su casa, está defendiendo el derecho de todas a tener un hogar. Cuando una joven se enfrenta a un fondo buitre, está defendiendo que la vivienda no sea un negocio. Cuando una chica responde al racismo, está defendiendo que ninguna tenga que crecer sintiéndose menos.
Es un motor porque no se conforma con denunciar. Propone. Organiza. Resiste. Construye. Ha conseguido leyes, servicios, espacios de encuentro y una conciencia colectiva que ya nadie puede borrar. Pero sobre todo ha conseguido algo más difícil, que miles de mujeres se reconozcan unas en otras. Que la Paca entienda que la lucha de Valeria también es suya. Que la Juana sepa que la rabia de Alicia es también la suya. Que ninguna se quede sola frente a la desigualdad.
Por eso seguimos siendo necesarias. Porque mientras existan mujeres desahuciadas, precarizadas, racializadas, cuidadoras invisibles o jóvenes sin techo, habrá un movimiento que las acompañe. Porque mientras haya quien quiera dividirnos por clase, origen o edad, nosotras seguiremos diciendo que la desigualdad se combate unida.
No hemos perdido fuerza. Hemos cambiado de rostro, de barrio y de generación. Estamos en las calles, en los mercados, en los autobuses, en las asambleas y en las casas. Estamos en quienes cuidan y en quienes luchan. Estamos en las que ya no pueden más y en las que no piensan callar.
Y mientras haya una Mari Carmen amenazada de desahucio, una Valeria o una Alicia defendiendo el derecho a la vivienda, una Beatriz ejerciendo el derecho como herramienta de justicia, una Yasmín o una Fatna enfrentada al racismo, seguiremos ahí. Con memoria. Con rabia. Con organización.
Porque no bajamos los brazos. Porque si las mujeres dejáramos de luchar, el mundo se caería. Y nosotras no estamos dispuestas a dejarlo caer.
Beatriz Cercas García
Secretaria de Igualdad PSOE Extremadura



