¿Dónde está tu voz, Penélope?

Una mujer en el poder no es lo mismo que una agenda a favor de las mujeres. Lo leí hace poco y la frase se me quedó dando vueltas, hasta la semana pasada, cuando se conocieron los galardonados con la medalla de Extremadura, que volvió con una fuerza difícil de ignorar. Porque no basta con colocar un rostro femenino en la cúspide del poder si las decisiones, las alianzas y los símbolos que ese poder reproduce siguen hablando en masculino. Tener una mujer al frente no convierte automáticamente la administración en feminista. La diferencia verdadera está en el contenido de las políticas y en quién sale beneficiado por ellas.

La igualdad no se mide por el nombre que figura en la presidencia ni por el tono del discurso, sino por las reglas que se modifican, por los criterios de reconocimiento que se instauran y por la voluntad real de reparar desigualdades. No basta con mover los muebles de la casa. Cambiar de consejería todo aquello que no quiere Vox, poner la cocina en el tejado o pretender que la casa es otra cuando es la misma no transforma nada. Solo recoloca el decorado. Y cuando, además, se gobierna con negacionistas, la contradicción deja de ser un matiz y se convierte en método.

Ahí está el problema. Una presidenta puede reivindicarse como defensora de la igualdad, pero si a la primera oportunidad su gobierno confirma que las mujeres siguen sin ocupar el lugar que merecen en el reparto del reconocimiento, la pose se vuelve evidente. No se trata solo de premios o medallas. Se trata de qué historias se legitiman, qué nombres se elevan y qué vidas se consideran dignas de ser celebradas. Si la igualdad es real, debe notarse en los símbolos. Si no, queda reducida a una puesta en escena.

Mary Beard lo explicó con una lucidez incómoda. No basta con meter mujeres en una estructura ya codificada en masculino, porque el problema no es la entrada individual, sino el molde mismo. Y la crítica feminista ha insistido también en que no se desmonta la opresión usando las herramientas del amo, porque hacerlo solo perpetúa el sistema con un rostro distinto. Esa es la trampa que conviene nombrar cuando se habla de igualdad en serio. No basta con representar. Hay que transformar.

Ahora que se han puesto de moda los clásicos de la mano de Nolan, y todos sabemos quién es Penélope, Mary Beard nos recordó que fue una de las primeras mujeres silenciadas de la literatura. Telémaco le ordena callar y volver al interior. Y ahí está la herida que sigue abierta. Penélope no es solo la mujer que espera. Es la mujer a la que se le niega la voz. La mujer a la que se manda al margen mientras otros,  deciden por ella. La mujer que representa, con una precisión casi brutal, el destino de tantas mujeres a las que se les pide paciencia, pero nunca palabra.

Por eso Penélope funciona aquí como pregunta política y no como adorno cultural. ¿Dónde está tu voz, Penélope, cuando el poder sigue tejiendo el mismo orden bajo un rostro distinto? ¿Dónde está tu voz cuando una mujer preside, pero el modelo sigue intacto? ¿Dónde está tu voz cuando el reconocimiento público vuelve a dejar fuera a las mujeres extremeñas? La pregunta no es literaria solo en apariencia. Es una interpelación directa a cualquier poder que quiera presentarse como moderno mientras conserva intactas las viejas jerarquías.

No se trata de negar la presencia de mujeres en el poder. Se trata de exigir que esa presencia cambie algo de verdad. Que abra camino, rompa inercias y reconozca a otras mujeres. Porque una cosa es gobernar desde una mujer y otra muy distinta es gobernar para las mujeres. Y, como recuerda bell hooks, una mujer no es aliada por ocupar el lugar, sino por usarlo para no reproducir la dominación. ¿Dónde está tu voz, Penélope?

Y por eso la pregunta vuelve, y vuelve con fuerza: ¿dónde está tu voz, Penélope?

Beatriz Cercas García

Secretaria de igualdad del Psoe de Extremadura.

¡Comparte en redes sociales!
Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email

COMPROMETIDOS

COMPROMETIDOS

VIVIENDA DIGNA

EDUCACIÓN DE CALIDAD

EMPLEO JUSTO

SANIDAD PÚBLICA