¿Quién le pone la cena a la abuela?

Ha llegado el verano y lo sabemos no solo por el sol y el calor de justicia, querido Sancho, sino por la alegría de ver los pueblos llenos. Ver llegar a la familia, con la chiquillería; esos parientes que se ven de verano en verano, ¡esos forasteros!. Ver a quienes vuelven unos días para respirar otro tiempo, otro ritmo, otro cielo. Hay algo bonito en ese regreso que incluso se huele. Las casas se abren, las calles se animan con las tertulias al fresco, las plazas vuelven a tener color de verbena y las cocinas se llenan del ruido de los pucheros.

Pero, junto a esa alegría, conviene hacerse una pregunta incómoda, de esas que sostienen una verdad necesaria. ¿Quién cuida a la abuela y a las tías del pueblo que nos reciben? ¿Quién le pone la cena a quien durante años la ha puesto para todo el mundo? ¿Quién acompaña a quienes han sostenido a la familia, al pueblo y, tantas veces, también la esperanza de que nadie se marche del todo, cuidando el hogar hasta el siguiente verano?

No es una pregunta menor. Es política. Es feminista. Y es también una cuestión de justicia.

Porque hablar de pueblos vivos no puede significar dar por hecho que siempre habrá alguien disponible para limpiar, cocinar, escuchar, organizar, atender y sostener. No puede seguir ocurriendo que el descanso se construya sobre el cansancio ajeno. No puede celebrarse la vuelta al pueblo sin mirar el trabajo invisible que hace posible esa bienvenida.

El libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? puso sobre la mesa que la economía, tal como se ha contado durante demasiado tiempo, ha olvidado el cuidado. Se valora y celebra  el mercado, la productividad y el interés propio, pero ha ocultado el trabajo que realmente sostiene la vida. Y esa misma lógica sigue viva en demasiados hogares y en demasiados pueblos. Mientras se habla de desarrollo, de fijar población o de frenar la despoblación, se sigue sin reconocer que los cuidados sostienen, en gran medida, la continuidad de la vida.

Las abuelas han sido y siguen siendo uno de los pilares invisibles de los pueblos. Han asumido el cuidado de la familia, de la infancia, de las personas mayores, de las casas y, muchas veces, también de las de quienes se marcharon.

 Han trabajado sin horario, sin contrato y, demasiadas veces, sin reconocimiento. Su labor ha sido tan constante que ha terminado por parecer natural. Y no lo es. Nunca lo fue.

Por eso, este no es solo un homenaje a las abuelas que reciben con los brazos abiertos y una tajá de sandía. Es también una interpelación. Porque, si se quiere defender de verdad el mundo rural, es necesario defender también el derecho al descanso, el derecho a la desconexión y el derecho a ser cuidada. Una abuela no es un servicio permanente. No es la solución automática para sostener la vida familiar mientras el resto descansa. También tiene derecho a parar, a no estar disponible siempre, a no cargar con la responsabilidad de sostener la armonía colectiva, a disfrutar del verano, de la casa llena, de bajar al río, a la garganta o a la piscina, sin tener que ser la primera en levantarse para freír croquetas o ir a por churros.

Cuidar no puede seguir siendo una obligación privada asignada por costumbre a las mujeres. Cuidar es una responsabilidad colectiva. Requiere servicios públicos, corresponsabilidad, apoyo institucional y un cambio cultural profundo. Requiere reconocer que el tiempo también es un derecho. Que descansar no es egoísmo. Que cuidar a quien cuida es una forma básica de democracia.

Y, sin embargo, hay una belleza que no conviene perder de vista. Hay una emoción auténtica en ver los pueblos llenos, en escuchar de nuevo el jaleo en las calles, en sentir el regreso de quienes un día se fueron, como tan bien han sabido cantar Sanguijuelas del Guadiana. Esa alegría existe y merece ser festejada. Pero, precisamente por eso, merece ser pensada con honestidad. Porque la fiesta del reencuentro no puede ocultar el silencio de quienes la hacen posible. Porque detrás de cada mesa puesta, de cada cama limpia, de cada verano compartido, hay una vida dedicada al cuidado.

Quizá ha llegado el momento de cambiar la pregunta. No solo “¿quién le pone la cena a la abuela?”, sino también “¿quién cuida a quien siempre ha cuidado?”. Porque en esa respuesta se juega algo más que una escena doméstica. Se juega el tipo de sociedad que se quiere ser.

Una sociedad justa no aplaude solo a quienes llegan. También protege a quienes sostienen. No romantiza el sacrificio. No convierte el amor en obligación. No llama tradición a la renuncia. Una sociedad justa reconoce el valor de los cuidados, reparte su carga y agradece de verdad a quienes han mantenido encendida la vida en silencio.

Y si los pueblos siguen vivos, si siguen siendo lugar de encuentro, de memoria y de futuro, será en buena parte gracias a ellas, a las abuelas, a las mujeres que han fijado población no con discursos, sino con trabajo, ternura y tiempo robado a sí mismas. Este artículo quiere ser, sobre todo, un homenaje feminista a ese trabajo silencioso, no remunerado y demasiado poco reconocido. Porque sin ello no habría pueblo que celebrar ni descanso que disfrutar.

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